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Kaos e complessità, elementi fondanti in ambito psicoterapeutico

di Silvana Bonanni – Emilio Gattico

Università degli Studi di Bergamo

Pubblicato sul numero 16 di Formazione IN Psicoterapia, Counselling e Fenomenologia

In ogni caos c’è un cosmo, in ogni disordine un ordine segreto (Carl Gustav Jung)

Il nostro contributo, proprio a partire dal titolo “Kaos e complessità: elementi fondanti in ambito psicoterapeutico” vuole essere volutamente provocatorio, ma con l’intento di evidenziare come nel campo scientifico occorra in primo luogo liberarsi da presupposti di qualsiasi genere, in quanto tendono sovente a trasformarsi in pregiudizi. Questi ultimi poi sono non raramente assunti a guisa di principi indubitabili, quali garanti della coerenza delle conseguenze da essi dipendenti e giustificanti qualsiasi risultato.
Si è all’interno di una prospettiva radicalmente determinista, ove qualsiasi accadimento è connotato dal più rigido meccanicismo, con evidente bando di qualsiasi componente casuale o in ogni caso una loro drastica riduzione. Tutto ciò comporterà evidentemente differenti strategie discorsive a seconda degli argomenti dei quali si sarà chiamati a trattare e che daranno vita a differenti organizzazioni del discorso o, come preferiamo dire, schematizzazioni discorsive.
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Gestalt e Imigración

di Macarena Diuana Tarud

Pubblicato sul numero 16 di Formazione IN Psicoterapia, Counselling e Fenomenologia

Abstract

Este trabajo tiene por objetivo analizar y comprender algunos aspectos de realidad del paciente emigrante, en el contexto transcultural, a la luz de la teoría de psicoterapia Gestalt. La literatura de la Gestalt demuestra un escaso abordaje en esta temática, tanto en el aspecto teórico como en su práctica. En este sentido, otro objetivo es poder contribuir para el conocimiento de esta realidad y de encontrar las formas de   intervención, en el ámbito de la Terapia Gestalt. Cada vez más las personas emigran, los países se confrontan con diferentes culturas coexistentes y nuevos desafíos  profesionales se levantan.
En este artículo, se presentan principios teóricos de la Terapia Gestalt aplicados a las dinámicas del paciente que emigra. Se refieren posibles ventajas de esta práctica terapéutica a estos pacientes.  También se hace una breve referencia al acto migratorio en cuanto a sus causas y consecuencias psicológicas.

 

Abstract

The objective of this study is to analyze and comprehend some aspects of the reality of the immigrant patient, within a transcultural context and the Gestalt theory of psychotherapy. Gestalt literature just barely deals in this area, both in theory and in the practical aspect.  Therefore, another objective is to contribute to acknowledging this reality and confronting forms of intervening in the Gestalt Therapy. More and more people are migrating and countries are faced with different coexisting cultures and new professional challenges arise. In this article, Gestalt Therapy theory is presented, applied to the dynamics of the emigrant patient. We refer to possible advantages for the patient as a result of this therapy. A reference will also be made to the causes and psychological consequences of immigration.

Introducción

Cada vez más las personas emigran y los países se confrontan a diferentes culturas coexistentes, a diferentes lenguas, diferentes referentes culturales y formas de interpretar la realidad. Se nos plantean nuevos desafíos como profesionales, situaciones nuevas a las cuales no les podemos dar respuestas sólo con nuestros referentes culturales dominantes. Se requieren de nuevos ajustes creativos. Un gran número de personas pertenecientes a diferentes culturas necesitan ayuda en términos de la salud mental. Diferentes factores bio-psico- sociales están en juego y requieren de nuestra intervención de manera interdisciplinar. La literatura de la gestalt muestra un escaso abordaje en esta temática. En este sentido,  el objetivo de este trabajo es analizar y comprender algunos aspectos de la realidad del paciente emigrante, dentro del contexto transcultural, a la luz de la teoría de la psicoterapia gestalt. Otro objetivo es contribuir al estudio de las interacciones de personas de diferentes culturas, siendo la Terapia Gestalt, por su énfasis en la experiencia y en concepto de contacto, una rica herramienta.
Reconozco que este análisis de la migración, según los conceptos de la gestalt,  no es el producto de una investigación rigurosa, sino que se basa en la observación de mi práctica clínica y de algunas referencias encontradas en la literatura. Los pacientes de diferentes culturas con los cuáles he trabajado,  a pesar de las diferencias entre ellos, muestran aspectos comunes propios de la situación de migración. Varios de estos aspectos, siendo yo misma una inmigrante, han hecho resonancia en mi propia experiencia. Es así como ambos, paciente y terapeuta, en el compartir fenomenológico de estas experiencias, hemos podido reconstruir, a través del contacto, nuevas gestalten en la comprensión de estas.

 

El Acto Migratorio

La migración es considerada una acción psíquica en la medida que la ruptura del contexto externo que ella implica, conlleva a una ruptura del cuadro interno cultural interiorizado por el paciente, dándose una homología entre la estructuración cultural y la estructuración psíquica. Hay una perdida del cuadro cultural interno de la persona, del cual se decodifica la realidad externa (Natan 1986 en Moro, 1996).

La persona se ve confrontada a dos mundos, al interno y al externo, dos mundos que no “encajan” más entre si. Se encuentra en una nueva realidad, la cual ya no se puede explicar con sus referentes internos culturales.  Dependiendo de los mecanismos de adaptación y de los recursos de la persona y de las facilidades del ambiente, la persona podrá ir conciliando ambos mundos ,  dándole una nueva forma a su existencia, facilitándose tanto así el cambio de la persona y del ambiente. La migración puede ser muy creativa y enriquecedora para el individuo, como también para el ambiente que recibe al inmigrante, transformándose en un acto de ajuste creativo de ambos ante el encuentro cultural.

Las razones por la cual se migra son varias. Pueden ser por razones políticas, económicas, razones individuales (como la búsqueda de algo nuevo o el escape de algo de nuestra existencia). En todas estas situaciones, podemos encontrar como factor común la espera de algo mejor o el deseo de encontrar en otro lugar el desarrollo de nuestro yo ideal. A pesar de la esperanza que la migración encierra, esta es traumática, implicando así un dualismo muchas veces confuso y ambivalente de la persona (Moro, 1996). Hay un deseo de partir y un miedo de dejar lo propio, necesidad de cambio y miedo a este. Este ambivalencia puede ser más fuerte cuando en los casos pre y post migración se dan experiencias traumáticas importantes. Por ejemplo, en el caso de los refugiados quienes antes de migrar se vieron sometidos a situaciones de tortura y violencia en sus países. Ellos migran para salvar sus vidas. Muchos de ellos vivían antes del conflicto en su país, integrados en su sociedad, hasta con cierto poder de acción y producción sobre ella. Al llegar al país de acogida, se ven sometidos a fuertes situaciones de rechazo y exclusión, no pudiendo ser más activos en el medio que los rodea. Salvaron sus vidas, pero se encuentran en una situación psicosocial difícil y dolorosa. Podría decir que aquí el contacto se ve afectado, en la dificultad de un encuentro entre las dos culturas.

 

Migración y Gestalt

En la situación de la migración, la relación del individuo con el ambiente se hace fundamental. Como se dijo anteriormente, hay un cambio a nivel de la realidad externa e interna. El emigrante muda el ambiente que lo rodea, no sólo físico, sino que también lo psicosocial. Ya no es más el hábitat al cual se adaptó y se relacionó hasta el momento de la emigración. En muchos casos, ya no es la misma lengua, la misma cultura, los códigos sociales, el clima, el espacio físico, las redes sociales, etc. Todo ha cambiado, lo que genera mucha ansiedad. El equilibrio homeostático se altera. La persona debe volver a conocer y relacionarse con un nuevo ambiente. Es un proceso de ajuste creativo que demanda un mecanismo de intercambio constante con el ambiente. Este proceso puede ser muy enriquecedor cuando el ciclo de contacto no sé ve afectado, cuando las funciones del ego no se pierden, logrando la persona ir satisfaciendo las gestalt que surgen gatilladas por las necesidades del momento. Es un proceso autoregulador en que el organismo busca reestablecer su equilibrio con el ambiente, que le es totalmente nuevo y diferente.

el principio de autoregulación no implica la satisfacción siempre de las necesidades ni la salud del organismo. El organismo hará todo lo posible por regularse según sus capacidades y los recursos del ambiente (Latner, J., 1994). Ciertos emigrantes para adaptarse al nuevo medio, adquieren modos de conducta que les permiten la integración aunque estos no vayan de acuerdo a sus necesidades, operando aquí mecanismos de confluencia, introyección y retroflexión de inadecuada adaptación. El ejemplo de la Sra R, quien procede de una país nórdico y emigró a Portugal, donde después se casa con un hombre de origen Portugués, nos muestra este aspecto. La Sra R solía dedicarse a prácticas espirituales, ya aceptadas en su cultura. Era vegetariana y practicaba el yoga. Al poco tiempo de estar en Portugal dejó de practicar estas cosas y trató de adaptarse a los convencionalismos portugueses. Su percepción era que el ambiente no la aceptaría y por lo tanto no tendría el soporte que necesitaba. Como ella dice “dejé de ser yo misma”.

Para la salud del organismo, es importante lo que el ambiente otorga, pero muchas veces este no proporciona lo que el individuo necesita. El funcionamiento sano, es decir, la realización de todo el potencial del organismo, dependerá también del apoyo ambiental. Sin él, el organismo no podrá mantenerse así mismo. En el caso de la emigración esta escases del ambiente se genera y refuerza con la exclusión. El ambiente no proporciona los elementos básicos para la que la persona sea capaz de generar su propio auto apoyo. En este sentido, en una intervención, se podría fomentar más los encuentros y contactos entre ambas partes, de manera de generar nuevas experiencias que lleven al cambio. Por otra parte, era importante no trabajar sólo con el individuo, sino que también a nivel más social en proyectos de sensibilización hacia el inmigrante, de manera de poder ayudar al ambiente a movilizar los recursos que ayuden a la autogestión del individuo que inmigra.

Al trabajar con el individuo, en terapia gestalt se orienta a aumentar los recursos del paciente, su toma de responsabilidad sobre su existencia y por lo tanto su propia autogestión. El paciente se puede transformar en alguien que aporta a esa nueva sociedad evitando así el rechazo. Se rechaza que el otro se “le cuelgue del pescuezo”, de sentirlo como carga, amenazando su propia existencia e integridad.

Podemos observar diferentes adaptaciones en las funciones de contacto en cada cultura. Como las personas se miran, evitan, tocan, hablan, etc, está altamente influenciado por la cultura y sus introyectos. Así también los mecanismos de interrupción del ciclo de contacto pueden reforzarse por estos aspectos culturales. En Culturas que dependen de doctrinas rigidas como algunos sistemas fundamentalistas, demandan una confluencia a través de la introyección (Lichtenberg en Levine Bar-Yoseph, 2005). También estos sistemas fomentan la proyección al crear un verdadero maniqueísmo donde lo que está afuera es todo lo negativo.

Estos mecanismos pueden verse reforzados también con la experiencia de inmigración. Cuando la persona no puede satisfacer sus necesidades, surgen mecanismos de defensa que interrumpen el proceso de completar la gestalt. La persona deja de funcionar sanamente, desarrollando una serie de mecanismos que la llevan a la patología y no le permiten la adaptación al nuevo país.

Como se dijo anteriormente, el no cumplimiento de las necesidades se puede deber tanto a la persona como al ambiente que no lo permite. Muchas veces el país de acogida rechaza al emigrante, no le permite que se integre. Aumenta los limites del ego del país, haciendo sus fronteras impenetrables. La persona que ya está adentro, ilegal, vive una situación difícil en el anonimato. No hay lugar para ella. Vive marginada del resto. Puede también no estar ilegal y vivir también esa exclusión. Puede surgir así un mecanismo retroflexivo de defensa, en la medida que la persona al sentirse excluido, se ve  a si mismo como alguien que no vale, que no merece estar entre los que lo rechazan, y se automargina ella propia. Siente vergüenza de si mismo, de su raza, sus costumbres. La vergüenza es la introyección de la mirada peyorativa del otro. Vergüenza de ser diferente, una diferencia no aceptada. La rabia la dirige a sí mismo, y no al otro al otro que lo margina. Muchas veces la persona introyecta cosas de la otra cultura, desvalorizando la propia, como una forma de identificarse con los otros y no sufrir la exclusión.

Por otra parte pueden surgir mecanismos proyectivos en el sentido que la persona al sentirse excluida se automargina discriminando al otro, proyectando en el otro los aspectos rechazados. Es el emigrante que rechaza al otro, se margina del otro, porque no vale la pena ni debe mezclarse con los otros. Aumenta su egotismo y se rigidizan las fronteras de contacto a través de la alienación. Tanto un lado como el otro proyecta, en el que es diferente, los aspectos negativos y negados del si mismo. Por ejemplo, en mi experiencia en Bélgica vi como los emigrantes islámicos veían a la cultura belga y occidental en general, como poseedores de todo lo que su cultura rechaza, y no querían que los hijos se mezclasen con ellos. Sentían no necesitar del otro, creando gettos o grupos culturales totalmente impermeables en su límites. En mi experiencia en Portugal he visto como muchos de los pacientes, especialmente de países nórdico, rechazan de los portugueses todo lo que ellos no se permiten, como : la impuntualidad, desorganización, expresiones afectivas impulsivas, entre otros. Lo contrario también sucede, es decir, la cultura en la cual se emigra también rechaza las nuevas y desconocidas costumbres del otro. El otro, con su cultura, puede representar para el país de acogida, todas los aspectos negados del si mismo. Representa lo no aceptado, lo rechazado, por lo tanto lo rechazará. El emigrante muchas veces es todo aquello que yo no quiero ser. También puede suceder lo contrario, tanto para el emigrante como para el que acoge, en el que se entra en un proceso de idealización en que el otro tiene todo lo que yo quisiera. Proyecta en el otro aspectos positivos e idealizados de si mismo. Aumenta la fantasía de aquello que gustaría y debería tener, rechazando aquello que yo soy.

El principio de autoregulación no implica la satisfacción siempre de las necesidades ni la salud del organismo. El organismo hará todo lo posible por regularse según sus capacidades y los recursos del ambiente (Latner, J., 1994). Ciertos emigrantes para adaptarse al nuevo medio, adquieren modos de conducta que les permiten la integración aunque estos no vayan de acuerdo a sus necesidades, operando aquí mecanismos de confluencia, introyección y retroflexión de inadecuada adaptación. El ejemplo de la Sra R, quien procede de una país nórdico y emigró a Portugal, donde después se casa con un hombre de origen Portugués, nos muestra este aspecto. La Sra R solía dedicarse a prácticas espirituales, ya aceptadas en su cultura. Era vegetariana y practicaba el yoga. Al poco tiempo de estar en Portugal dejó de practicar estas cosas y trató de adaptarse a los convencionalismos portugueses. Su percepción era que el ambiente no la aceptaría y por lo tanto no tendría el soporte que necesitaba. Como ella dice “dejé de ser yo misma”.

 

Muchos de estos mecanismos pueden ser también positivos en la medida que pueden ayudar a la adaptación. En la introyección, el hecho de introducir conceptos nuevos, opuestos a los nuestros, podemos llegar a crear una situación nueva que nos permite confrontar la vida y sus cambios en forma más creativa, más enriquecida por la experiencia de diferentes culturas. Con una paciente holandesa veíamos que en su casa ahora cuenta tanto con la música de un país y otro, y que se puede cocinar tanto el bacalao como un buen plato holandés.

En términos de la proyección, este mecanismos si lo veo claramente me puede ayudar a recuperar aspectos de mi misma negados, muchas veces por la propia experiencia vital y otras veces por la cultura con la que no me permitía practicar otras cosas. Estar fuera del país nos permite practicar nuevas conductas y conocer aspectos de nosotros mismos que no son tan comunes o aceptados en nuestras culturas. El caso de una paciente inglesa que nunca saludaba a otros con besos, se lo empezó a permitir, cosa que al principio rechazaba. Comenzó a soltarse más en la expresión afectiva corporal y a disfrutar de ella sin tantas restricciones. Otra paciente alemana, que criticaba lo madre gallina de las portuguesas, especialmente a su suegra, en un dialogo de silla descubrió cuanto tenía ella de controladora en la relación con los otros. Una paciente holandesa, acostumbrada a la organización, se permitió aquí ser más desorganizada e impuntual, lo que le ha traído consecuencias positivas en algunos aspectos, por ejemplo, liberarse e evitarse el stress.

La confluencia me permite sentir al otro, adherirme a la otra cultura, ver los aspectos comunes que tenemos como ser humano. Me recuerdo que una vez en Bélgica en el trabajo con mujeres de Zaire, en el cual ellas vestían sus ropas coloridas típicas, comíamos sus comidas y nos enfrentamos a las diferencia, en un momento nos sentimos confluir. Nos sentíamos todas mujeres, iguales en nuestra condición humana. Eso nos ayudó a empatizar, a sentir como el otro, y a unirnos en nuestra tarea. La confluencia me permite tomar algo de la identidad del otro, ponerme su camiseta, y así adaptarme mejor a ese país. En pocas palabras, me permite gritar también por el equipo de football del Benfica en el caso de Portugal.

 

En cuanto a la estructuración de la identidad, se ha observado que en adolescentes hijos de padres emigrantes, los procesos de identificación consisten en construir un sistema resultante de la mezcla entre el país de origen y el país de acogida. La carencia de lazos entre las dos culturas lleva al dolor y a la aparición de síntomas (Moro, M.R., 2001). En cierta forma es la vivencia de las culturas en forma polarizada, experimentándolas en forma dicotómica, en lucha constante entre ellas. La persona no logra desarrollar estrategias identitarias que le permitan adaptarse a una situación dada y a los cambios. Por estrategia identitaria se entiende como “los procedimientos puestos en marcha ( de manera inconsciente o consciente), uno o más actos (individuales o colectivos), para alcanzar una o más finalidades (definidas explícitamente o ubicadas a nivel inconsciente). Procedimiento elaborado en función de la situación de interacción, es decir, en función de diferentes determinaciones (socio-históricas, culturales, psicológicas) de esta situación” (Camilleri y otros, 1990, pág 24). La persona se ve exigida a encontrar una coherencia interna entre las diferentes identidades, secundarias y primarias, y su medio externo. El equilibrio del individuo es alcanzado cuando, entre otras condiciones, cuando los valores con los que se identifica y le da sentido a su vida, son compatibles con los del medio en que se encuentra Kastesztein en Camalleri y otros, 1990).
En algunos casos de migración, tanto en padres como en los hijos, la vivencia de dos culturas se pueden hacer incompatibles debido a diferentes razones, dividiendo así la identidad y provocando sufrimiento en la persona. Desde el enfoque gestáltico, el equilibrio se lograría cuando la persona integra las diferentes partes de si misma, en vez de alienarlas y rechazarlas, permitiendo el intercambio entre ellas. Este es el caso de una adolescente que presentaba un cuadro sicosomático. Su madre era de origen Ingles y su padre Portugués. La joven desde que había llegado a Portugal  (7 años antes de la consulta) comenzó a presentar gripes crónicas, con perdida de voz, constante tos. Su cuerpo se encorvaba, caminaba arrastrando los pies y la cabeza ladeada. Hablaba muy bajito, casi imperceptible y con monosílabos. Prefería hablar ingles conmigo y no Portugués.  Los padres tenían conflicto de pareja, y ambos se criticaban aspectos culturales de uno y otro. Sentían algunas cosas de la cultura del otro como aspectos negativos los cuales rechazaban. Por ejemplo, el padre criticaba la “frialdad” e “insensibilidad”, “típica de los ingleses”. La paciente tendía a identificarse más con su parte inglesa que portuguesa. Un día la paciente me dice que mis hijos eran “mixed” , al igual que ella. Le pregunté que significaba para ella ser “mixed”. Me respondió: “Confusión, angustia”.  La paciente siente su identidad dividida, como algo confuso que le genera sufrimiento. El campo de esta paciente no era un todo en el cual las partes están en relación y correspondencia inmediata y continua. La dicotomía es una división por la cual el campo no se considera como un todo diferenciado en partes entrelazadas. Las partes se ven como antagónicas, como fuerzas competitivas no relacionadas. Esta dicotomia afecta el proceso de autoregulación del organismo (Latner, 1994)

 

En cuanto al trabajo en terapia gestalt, se pueden rescatar varios aspectos que hacen positiva esta técnica al trabajo con emigrantes. Por una parte, al trabajar con las polaridades, permite que la persona integre aspectos rechazados de si propia, proyectados en el otro, lo que podría facilitar la apertura al intercambio con la otra cultura. Los limites del ego se harían más permeables, menos rígidos lo que facilitaría el contacto e intercambio.
Por otra parte, la terapia gestalt da mucha importancia a aspectos no verbales organismicos, los cuales pueden algunos estar menos influenciados por la cultura, correspondiendo a respuestas fisiológicas del organismo, asociadas a emociones. Ponerse colorado al sentir vergüenza, es una respuesta del organismo. Los motivos de la vergüenza estarían más asociados a la cultura. La forma de expresión de la emoción, podía también asociarse a respuestas culturales. En este sentido, hay una lenguaje que sobrepasa las barreras culturales e idiomáticas, lo que nos permite comunicarnos con el otro en otros niveles. Muchas veces el centrarnos en el lenguaje, no nos permite ver otra cosa, utilizar otros sentidos, dándose muchas veces malos entendidos por tomar la palabra del otro como obvia. Muchas veces el hecho de que el terapeuta no entienda bien una palabra en otro idioma, le pide al paciente aclararla más, por lo que muchas veces el paciente repara que no es eso lo que quería decir, y le permite un mejor awareness de lo que le sucede. Consigue identificar y ponerle un nombre mas acertado a la emoción vivida. Se va creando también una propia lenguaje entre paciente y terapeuta que hace de esa relación algo único, nuevo y creativo.

Otro aspecto importante, y que se relaciona con el anterior, es que la gestalt no es interpretativa ni analiza, trabaja con la descripción de la experiencia del otro tal cual se presente en el aquí y ahora. Es una exploración fenomenológica, es la persona que auto descubre, y en ese sentido, puede usar elementos de su propia cultura para descubrir lo que pasa, y no elementos de la cultura del terapeuta. La terapia gestalt permitiría respetar y validar las vivencias e interpretaciones de cada individuo, en la medida que se centra en el individuo mismo y en su experiencia.

Por otro lado, la relación terapéutica es de un tú y yo, lo que permite el respeto mutuo de ambos dentro de una relación de horizontalidad.  Para Wheeler ( en Levine Bar-Yoseph, 2005) todo contacto es un contacto cultural, al ser la cultura parte de la naturaleza humana y ser la adaptación básica de nuestra especie. El encuentro entre paciente y terapeuta es en si un intercambio intercultural. La cultura de ambos nunca puede estar “fuera de la mesa” en este encuentro, sino sería una figura sin fondo.

Por último, la terapia gestalt trabaja preferentemente con grupos, lo que es de mucha importancia en el caso de trabajo con extranjeros quienes se encuentran en una situación de escasez de sus redes sociales, especialmente las primarias. El grupo permite el contacto con otros, evitando así el aislamiento en el cual a veces
se encuentra el emigrante. El grupo permite también la participación de otros terapeutas y técnicos, como también de otras personas presentes. Al igual que en la etnopsiquiatria, este aspecto grupal de las sesiones, puede ser una importante herramienta terapéutica: se valorizan aspectos sistémicos de la problemática, es decir, la intervención no incluye sólo al individuo sino que también al ambiente. Por otro lado, el grupo permite, si este es multicultural y multidisciplinario, superar los sesgos existentes entre terapeuta y paciente.

Conclusiones

Aún falta mucho por investigar sobre la transculturalidad. En Gestalt hay poco escrito, pero es interesante ver como ciertos principios de la Gestalt pueden ser aplicados a esta situación, como también a otras, en la medida que al centrarse en lo organismico, nos abre las posibilidades de comprensión e  intervención a diferentes situaciones humanas.  Sus postulados sobre la relación del individuo con el ambiente, su concepción holística  de ser humano, su visión fenomenológica en un campo de acción, su énfasis en  la experiencia y la validación de esta en el aquí y ahora, la conceptualización del ciclo gestáltico y los mecanismos de interrupción de este, y la noción de polaridades, nos entrega las herramientas para trabajar fuera de los limites culturales.

Por otra parte, si bien la Terapia Gestalt se creó del aporte de diferentes enfoques  y disciplinas, lo que le da la característica de ser una alternativa terapéutica rica e integrativa, creo que la Gestalt podría seguir enriqueciéndose con nuevos enfoques que intentan dar respuesta a problemáticas actuales. En este sentido, la etnopsiquiatria podía dar grandes aportes a la gestalt en la dinámica de transculturalidad e imigración.

Bibliografía 

Camilleri, C.; Kastersztein, J.; Lipiansky, E.M. ; Malewska-Peyre, H. ; Taboada-Leonetti, I.; & Vasquez, A. (Eds) (1990). Stratégies Identataires. Presses Universitaires de France.

Latner, J.  Fundamentos de la Gestalt. Editorial Cuatro Vientos, Santiago de Chile, 1994.

Moro, Marie Rose.  Psychothérapie, Cultures et Migrations : l’exemple de l’ethnopsychanalyse.  D. Widlocher et A. Braconnier (Eds) Psychanalyse et Psychothérapies, Paris, Médecine – Sciences Flammarion, 1996, 159-174.

Moro, Marie Rose.  Simpósio sobre Clínica Transcultural, Hospital Miguel Bombarda, Lisboa, 21 e 22 de Setembro, 2001.

Lichtenberg, Philip.  “Culture” en “The Bridge Across Cultures”, Talia Levine Bar-Yoseph (Ed), Gestalt Institute Press, New Orleans. 2005.

Wheeler, Gordon. “Culture, Self and Field” en “The Bridge Across Cultures”, Talia Levine Bar-Yoseph (Ed), Gestalt Institute Press, New Orleans. 2005.

Storie di vita e costruzione della diversità nel lavoro con la coppia

di Claudio Billi e Francesca Belforte

Istituto “Mille e una mèta”, Livorno

Pubblicato sul numero 16 di Formazione IN Psicoterapia, Counselling e Fenomenologia 

Introduzione

  1. Sistemi di costruzione e rappresentazione dell’esperienza nella coppia.

Ogni essere vivente necessita di un sistema di conoscenza per interagire in modo funzionale con il proprio ambiente; la conoscenza, a livelli crescenti di complessità nella scala evolutiva, abbraccia un insieme di informazioni non soltanto concettuali, ma anche motorie ed emozionali, attraverso le quali ciascun individuo costruisce la sua rappresentazione del mondo. Nel sistema-coppia lo spazio che si crea dall’incontro di due differenti modalità rappresentative può definirsi essenzialmente seguendo due direzioni:

  1. una intersezione/disgiunzione delle reciproche aree di omogeneità, complementarietà o simmetria, come risorsa dell’incontro di due diversi sistemi rappresentazionali;
  2. la formazione di una neostruttura con cui rappresentarsi la coppia, come risorsa di un nuovo processo creativo che, consentendo una epochè fenomenologica dei reciproci sistemi rappresentazionali, apre lo spazio per la comprensione/spiegazione e la co-costruzione di nuovi significati.

 

  1. I due livelli dell’esperienza.

L’approccio costruttivista propone un modello di uomo come attivo elaboratore di dati e generatore, nel rapporto con il suo ambiente, di significati e conoscenze personali. La funzione della conoscenza è principalmente quella di rappresentare predire, e il suo sviluppo consiste essenzialmente in un aumento del grado di complessità; essa assume così le caratteristiche di una struttura complessa di tipo gerarchico in cui gli schemi e le variabili, a ognuna delle quali il soggetto attribuisce un valore specifico sulla base delle informazioni che è in grado di raccogliere dall’ambiente, possono essere diversamente  differenziate, integrate gerarchizzate. Sono le esperienze concrete che consentono al sistema di crescere e articolarsi; ma nel sistema-coppia tale crescita e articolazione avviene contemporaneamente su due livelli:

c) l’esperienza che il singolo partner fa della propria interazione con l’altro;
d) l’esperienza stessa che si produce dall’interazione di coppia, che costituisce un angolo di osservazione diverso e autonomo, per osservare il quale, richiamando i presupposti filosofici della fenomenologia husserliana, dovremmo far funzionare la coscienza come uno “spettatore” distaccato, o in altre parole, accedere a un livello di meta-esperienza.
Nella relazione con l’altro ciò che percepiamo direttamente di noi stessi è quello che possiamo chiamare “sé soggettivo” (ciò che sento, sentimenti, pensieri, movimenti, percezione del mio corpo) mentre un grande settore della mia vita, di enorme importanza nelle relazioni intime, e cioè il “sé oggettivo” (ciò che vedono gli altri di me, corpo, parole) non lo vedo, ho poche informazioni, è fuori dal mio controllo. In realtà le maggiori soddisfazioni in una relazione intima dipendono dalla capacità di percepire il sé oggettivo e di integrarlo nell’esperienza relazionale con la percezione soggettiva.

  1. L’invalidazione come occasione di crescita.

 

Il processo che permette a un sistema di conoscenza di modificarsi e articolarsi in termini di maggiore complessità, è quello dell’invalidazione. Un sistema flessibile è allo stesso tempo in grado di costruire previsioni e di modificarle, modificando la sua stessa organizzazione interna, quando queste sono sottoposte a invalidazione.
Nel sistema-coppia, anche il processo di invalidazione si articola su due differenti livelli:

e) al livello del sistema di conoscenza di ogni singolo partner, allorché le sue capacità predittive sono invalidate dal comportamento dell’altro;

  1. al livello di coerenza del sistema-coppia stesso, quando i fattori impliciti o espliciti che determinano l’equilibrio nella coppia, sono a loro volta invalidati, per effetto di una invalidazione in qualche modo sotto-ordinata, proveniente cioè da uno o entrambi i membri della coppia.

Un obiettivo centrale perciò dell’intervento con la coppia, sarà quello di favorire le possibilità di evoluzione, in termini di maggiore complessità, di un sistema di conoscenza, al fine di permettere che l’invalidazione sperimentata da ciascuno dei due partner (i cui effetti sono quelli che spesso spingono la coppia a chiedere un aiuto) si trasformi da occasione di scompenso in possibilità di attribuire nuovi significati agli eventi che precedentemente venivano vissuti da entrambi come minaccia al proprio equilibrio interno, formulando una diversa spiegazione dei processi che determinano l’equilibrio e lo scompenso nella coppia.

 

2. Il caso

Carlo, artigiano di 40 anni e Silvia, insegnante di 44, si presentano con una richiesta di aiuto per i frequenti litigi, che assumono talvolta forme violente, anche se quasi mai sfociate in aggressioni fisiche. La coppia ha scelto la convivenza, che dura da 18 anni, dalla quale sono nati due figli, oggi adolescenti. Carlo, nei primi anni della convivenza, ha avuto una precedente esperienza di psicoterapia, iniziata a seguito di una delle frequenti crisi di coppia; Silvia invece ha avuto più di recente alcune esperienze di approccio al lavoro personale, nell’ ambito di occasioni di formazione professionale.
Fin dal primo incontro il loro atteggiamento nei confronti della psicoterapia appare consapevole e fiducioso: è soprattutto Silvia ad esprimere il suo disagio per i litigi, che non coinvolgono mai i figli, ma nel corso dei quali sperimenta una forte paura per la temuta perdita di controllo del partner. Nel corso della loro storia di coppia alcune di queste crisi hanno portato a temporanee separazioni, soprattutto nei primi anni della loro convivenza; all’inizio del nostro lavoro però, benché tali separazioni non si siano più ripetute da molto tempo, i due sono convinti che se il loro problema non sarà risolto, li porterà presto a una decisione di separazione.

 

2.1. La prima fase dell’intervento e il setting..

Chiarite le reciproche motivazioni e aspettative e formulato il contratto terapeutico, che non prevede alternanza  con sedute individuali, (anche se Silvia, in un momento particolarmente drammatico della terapia, cercherà successivamente di forzare questa regola), sono necessarie alcune sedute iniziali, per gestire meglio l’emotività; in questa fase iniziale la coppia viene introdotta a un setting (condotto in co-terapia da due terapeuti uomo e donna) in cui ciascuno ha un suo tempo per esprimere se stesso, rispettando a sua volta lo spazio del partner; i due si assumono l’impegno reciproco, non sempre di facile gestione, ad “ascoltare” l’altro, senza interrompere o commentare, anche quando uno dei due sta esprimendo opinioni ed emozioni difficilmente tollerabili dall’altro, e a riconoscere ed evitare il più possibile le violazioni linguistiche, con le quali la comunicazione si trasforma facilmente in dinamica conflittuale.
A questo proposito i due partners vengono invitati a rivolgersi direttamente l’uno all’altro, soprattutto quando il “lui” o il “lei” vengono usati come distanziamento o triangolazione della comunicazione con il terapeuta, spesso costruito in funzione di “giudice”, o quando il mancato contatto visivo nella coppia, durante una comunicazione emotivamente intensa, funziona da evitamento dell’esperienza emozionale. La possibilità di uno spazio di ascolto reciproco viene gradualmente acquisita e produce come primo effetto una maggiore capacità di tolleranza del conflitto, anche se in questa prima fase tale capacità viene più “delegata” al setting che interiorizzata come effettiva possibilità di comunicazione nella vita personale.
Nel corso di queste prime sedute emerge un problema sessuale, al quale soprattutto Carlo attribuisce la responsabilità delle sue “sfuriate” non tanto nel momento il cui il problema si manifesta, quanto come risultato di una insoddisfazione che si manifesta in momenti successivi, prendendo spunto da conflitti della vita quotidiana. Silvia attribuisce ad una vaginite la causa più evidente del problema: in alcuni periodi il dolore le impedisce di avere rapporti sessuali e comunque, se ne ha, vi partecipa senza piacere e con una costante tensione fisica. Tuttavia la vita sessuale della coppia ha avuto ed ha, anche se negli ultimi tempi in modo molto più sporadico, momenti di piacevolezza e coinvolgimento reciproco.
L’esperienza di un ascolto più aperto del modo in cui il reciproco partner vive questo problema, costituisce una importante fase di elaborazione del problema stesso: i due infatti non ne hanno mai parlato apertamente, spostando piuttosto sui litigi l’espressione di una emotività non condivisa. Ascoltare il racconto dell’altro è una esperienza di intimità che, se è di solito presente nei primi momenti di formazione della coppia, quelli in cui prevale la voglia di raccontarsi, di confrontare le proprie esperienze di vita, di riconoscersi nel racconto dell’altro, viene spesso meno nelle fasi successive della vita in comune.
Inizia proprio dalla possibilità di ascoltarsi in modo autentico la costruzione, da parte della coppia, di un nuovo significato rispetto al tema dell’intimità, e alla funzionalità che il mantenimento del conflitto potrebbe assumere nei confronti di quest’ultima.

 

3. L’uso della storia di vita in terapia di coppia.

3.1 Premessa.

In terapia individuale l’obiettivo al quale può corrispondere la decisione di dedicare alcune sedute iniziali a una raccolta sistematica della storia di vita del paziente è la costruzione, da parte del terapeuta di un’ipotesi sulle caratteristiche attuali del sistema conoscitivo del paziente, ipotesi che gli consenta di comprendere la logica interna al suo sistema e di programmare la strategia del trattamento.
Nella terapia di coppia, a questo obiettivo, che in buona parte rimane necessario, pur all’interno di un intervento che si muove in un’ottica di sistema più che di individuo, se ne aggiunge un altro non meno determinante: attraverso la ricostruzione delle tappe di sviluppo di uno dei membri della coppia, il partner può comprendere il senso che il proprio compagno/a ha attribuito alle sue esperienze passate, costruendo in tal modo una prospettiva diversa sulla genesi e l’evoluzione dell’ attuale modalità di costruzione dei significati e sul comportamento del partner stesso. La comprensione del passato può servire, in altre parole, a far luce e a dare significato al presente.
Nel raccogliere il racconto della storia di vita, non ha alcun senso porsi il problema di quale sia la realtà oggettiva dei fatti narrati. Ciò che interessa è il modo in cui il paziente ricostruisce la sua storia, la coerenza che all’interno della sua ricostruzione possiamo identificare tra i fatti ricordati e le valutazioni che, in maniera implicita o esplicita, egli dà di questi fatti, il modo in cui si spiega perché è avvenuto ciò che ricorda sia avvenuto, e il fatto, eventuale, che egli non riesca a ricostruire per niente alcuni periodi più o meno lunghi della sua esistenza.
In questa fase dell’intervento, il terapeuta dovrebbe porsi in posizione di ascolto, intervenendo il meno possibile, solo lo stretto necessario per indirizzare il racconto del paziente nella direzione desiderata.
Ma nell’intervento con la coppia, è presente anche un’altra importante dimensione di ascolto: quella del partner. Saper ascoltare, dal punto di vista del partner, significa confrontarsi ricordi, sensazioni, immagini, emozioni, silenzi, esperienze o fatti particolarmente dolorosi della vita del proprio partner.
Durante l’ascolto il partner, così come il/i terapeuta/i si trova a osservare un fenomeno a lui in gran parte sconosciuto, cercando di inserire i dati osservativi all’ interno di codici che possano definirne un significato.

 

3.2 La storia della coppia.

Il lavoro svolto nelle prime sedute ha prodotto in Carlo e Silvia una maggiore fiducia nella possibilità di affrontare il problema e nella neutralità del terapeuta rispetto ai reciproci vissuti personali. Concordiamo che è possibile adesso passare ad una fase diversa in cui, abbandonando per un po’ i problemi attuali, ci si confronterà con una dimensione di storia di vita personale e di storia della coppia.
In questa fase del lavoro l’ascolto reciproco subirà una trasformazione nelle sequenze temporali: infatti potrà accadere che il tempo dedicato a ciascuno dei due partner sia molto più lungo, fino ad arrivare in alcuni casi a una intera seduta per ciascuno. Iniziamo dalla storia della coppia, dalla prima conoscenza, all’innamoramento, alle prime esperienze sessuali e al consolidarsi del legame, con le successive crisi, fino alla nascita dei figli e al loro sviluppo.
In questa fase del lavoro vengono dedicate due sedute ad un racconto “fotografico” della storia di coppia: i due partners vengono invitati a scegliere dal loro album 15 foto ciascuno, attraverso le quali selezionare i momenti più significativi della storia di coppia. Alcune foto risultano scelte da entrambi, così come altre no: l’esperienza stessa della scelta, i criteri e le sovrapposizioni, sono occasioni di esplorazione dei diversi significati attribuiti da ciascuno alla propria storia di coppia, così come i vissuti relativi alle scelte comuni.

Dalla storia di coppia narrata da Carlo, emerge un desiderio costante che la propria partner potesse affidarsi a lui come un punto di riferimento, fin dai primi momenti del loro rapporto; Carlo a 20 anni aveva lasciato gli studi e si era reso indipendente dalla famiglia, mentre Silvia usciva da un matrimonio interrotto dopo quattro anni.
I due decidono dopo un anno di fare l’esperienza di una convivenza, nonostante i timori di Silvia di ripetere un fallimento. Carlo, che si sente inferiore culturalmente a Silvia, tenta in tutti i modi di definire un suo ruolo centrale nella coppia, offrendo a Silvia il suo impegno soprattutto sul piano pratico, ristrutturando con le sue mani un rudere in campagna, senza luce né riscaldamento, dove i due decidono di vivere inizialmente una vita da “hippies”, con una lavoro saltuario e la casa sempre piena di gente. Carlo pensa che un figlio, che la sua partner gli chiede, la avvicinerà a lui e acconsente.
Il racconto di Carlo qui si tinge di colori di calda emotività, mentre narra il suo impegno a riparare il tetto della casa e a rendere vivibile quell’ambiente inizialmente un po’ ostile. Dal suo racconto emerge chiaramente il desiderio di riconoscimento del proprio valore personale, insieme all’insicurezza e al senso di inferiorità nei confronti della sua partner che egli costruisce come più colta ed esperta della vita.
Durante questo racconto Carlo comincia a mettere in relazione le sua aspettative con eventi precedenti la storia di coppia e quindi con aspetti riguardanti più la formazione del proprio Sé in relazione all’ambiente familiare e ai messaggi che da questo provenivano. Si tratta di un passaggio importante poiché proprio questa consapevolezza andrà a costituire il ponte con la terza fase della terapia, in cui la narrazione si sposterà, per entrambi i partner, sulla propria storia personale e familiare, prima del costituirsi della coppia.

Contemporaneamente Silvia descrive la prima esperienza matrimoniale fallita, durata quattro anni, costruendola come la conseguenza del suo intenso bisogno di staccarsi dalla famiglia, nonostante i molteplici aspetti problematici, evidenti fin dall’inizio (“ho sposato il primo che si è presentato nella mia vita, un uomo di sette anni più grande; vivevamo come fratello e sorella”; sono già presenti in questa fase i primi problemi sessuali e il vaginismo).
Silvia fa emergere nel racconto una preoccupazione centrata soprattutto su un forte desiderio di autonomia personale prima ancora che di coinvolgimento amoroso. I primi incontri con Carlo sono descritti all’interno di una cornice di emotività e di passionalità che non si stacca mai, però, da un tonalità fondamentalmente preoccupata del coinvolgimento e dei messaggi provenienti dalla propria famiglia di origine, che dopo la separazione torna ad essere percepita come una realtà potenzialmente minacciosa per l’autonomia della donna. Inizialmente pensa però di aver trovato l’uomo della sua vita. Gli piaceva Carlo come personaggio ribelle indipendente a anticonformista. Si sente però spesso inadeguata; iniziano i litigi e i problemi sessuali. Però lei è determinata a trovare un’altra casa, il lavoro e il figlio.
Le prime esperienze di convivenza sono perciò descritte da Silvia in modo ambivalente: da un lato con partecipazione passionale e dall’altro con un senso di insoddisfazione nei confronti del partner che viene costruito come non sufficientemente affidabile sul piano dei bisogni emotivi profondi, in quanto non abbastanza capace, secondo Silvia, di rassicurarla e costituirsi per lei come un riferimento sicuro. Compaiono già in questa fase le prime difficoltà sessuali della coppia. Mentre Silvia racconta questa parte della sua storia di coppia, diviene progressivamente più consapevole dei riflessi proiettati dalle difficoltà incontrate con Carlo sullo sfondo dei propri nodi familiari: cominciano ad emergere ricordi della propria infanzia, legati alla madre e alle esperienze di scarsa autonomia personale.
Anche per lei, come per Carlo, si tratta di un passaggio importante: cominciano a maturare i tempi perché la narrazione si possa progressivamente spostare sulla propria storia personale e familiare, prima del costituirsi della coppia.

Carlo e Silvia continuano in questa fase a ricordare le fasi successive della loro storia di coppia: il racconto si è fatto più intimo e i due appaiono più attenti l’uno all’altro, tanto che a una osservazione attenta si possono cogliere segnali di stupore reciproci, come se questa storia, in questo modo, davvero non se la fossero raccontata mai.
Dopo pochi mesi di convivenza nasce la prima figlia; è Silvia che fa tutto: trova il lavoro, una seconda casa dove decidono di andare a stare insieme, ed è sempre lei che decide di separarsi dopo un periodo di crisi e litigi sempre più frequenti e intensi (“un camioncino, mio padre che mi aiuta, e un sabato porto via tutti i mobili: Carlo torna e non mi trova più”); i due resteranno separati per circa quattro anni.

In questo periodo Carlo intraprende la sua prima esperienza di psicoterapia, di cui parla come di una tappa fondamentale della sua evoluzione personale, che lo ha aiutato a non perdersi in un periodo particolarmente difficile in cui non ha riallacciato altre relazioni affettive significative, rimanendo invece legato affettivamente alla storia con Silvia e alla bambina, che vede il sabato. Di tanto in tanto telefona a Silvia e dice “allora vengo” e lei prova angoscia per la sofferenza di lui. Silvia approva la scelta di Carlo della terapia, anche se l’inizio dell’analisi apre a lui dubbi sull’identità sessuali (ricordi di fantasie omosessuali).
Per Silvia invece questo è descritto come un periodo significativo, soprattutto perché vissuto come la prima vera esperienza di libertà della sua vita; è in questa fase che la donna sperimenta sul piano sessuale nuove relazioni che vive come molto gratificanti e coinvolgenti, a confronto con le precedenti esperienze del matrimonio e del rapporto con Carlo.
I due comunque continuano in questi quattro anni a vedersi periodicamente per la figlia, e a mantenere aperto un dialogo, con molta sofferenza e rabbia da parte di Carlo, che si sente rifiutato, e con momenti di oscillazione tra autonomia e bisogno di sicurezza da parte di Silvia.
Nel frattempo Carlo si è molto impegnato sul lavoro, e da dipendente è riuscito a creare una ditta autonoma, cosa che lo fa sentire molto più realizzato sul piano personale; inoltre si è avvicinato a ideologie politiche che lo coinvolgono sul piano del sociale e che, anche se a tratti fanno emergere i suoi timori di inadeguatezza per la sua presunta impreparazione culturale, lo costringono tuttavia a mettersi alla prova anche in contesti pubblici, con buoni risultati sul piano dell’autostima; il coinvolgimento ideologico è tra l’altro un aspetto che riguarda anche la vita di Silvia in questi anni, e che la avvicina a tematiche femministe e di liberazione della donna.

Il cambiamento di Carlo è avvertito da Silvia, che comincia a costruire il partner come più affidabile e protettivo: ciò provoca un graduale riavvicinamento che porterà a una nuova convivenza e alla nascita della seconda figlia.
La coppia si sposterà adesso in una nuova casa in città, iniziando una seconda fase più connotata dall’impegno sociale e lavorativo per entrambi i partner. Lui costruisce la casa come “risarcimento”. Anche lei inizia l’analisi e riesce a togliere le chiavi di casa ai genitori. L’analista le consiglia di separarsi e invece progettano di fare terapia di coppia.
I problemi sessuali tuttavia ben presto ricompaiono, in relazione con i litigi e le incomprensioni per la condivisione degli impegni e dei compiti familiari. Silvia si lamenta dello scarso impegno messo da Carlo nei compiti familiari e nell’educazione dei figli, mentre Carlo accumula risentimento per i rifiuti di Silvia sul piano sessuale. Non ci sono in questi anni storie extraconiugali, mentre invece assumono maggior rilevanza le famiglie di appartenenza, e in particolare quella di Silvia la cui madre è particolarmente invasiva nella vita della coppia.

 

4. Dalla storia della coppia alla storia personale.

 

Nel ripercorrere le tappe della storia della loro coppia, Carlo e Silvia sono divenuti più consapevoli che molte delle reazioni personali sperimentate nell’interazione con il proprio partner affondano le loro radici in una storia personale precedente a quella della coppia stessa.
Si tratta di un momento centrale nel lavoro di terapia: è qui infatti che si gioca, in buona parte, la possibilità di recupero da una parte dei significati personali, nell’ambito della propria storia di vita, e dall’altra della costruzione di un nuovo spazio di significato della coppia stessa, come processo di differenziazione dai propri bisogni simbiotici.

Nel ripercorrere la propria storia di vita, precedentemente all’incontro con Silvia, Carlo ricostruisce come i genitori e i nonni paterni siano sempre vissuti insieme, nella stessa casa (“si costruiscono anche case più grandi – ricorda – ma continuando a vivere sempre insieme”), in mezzo a continui litigi su una questione di eredità riguardante la madre. Il tema di una ingiustizia subita dalla madre, nei confronti della propria famiglia di origine, è costante nel clima familiare che caratterizza l’infanzia di Carlo.
I nonni materni sono descritti come appartenenti a un “patriarcato freddo e discriminante nei confronti della donna”; privilegiavano i fratelli maschi, e lui stesso si sentiva guardato con disprezzo perché era il nipote: “ero in imbarazzo perché ero il nipote, e venivo comunque dopo gli altri”.
Poi muore il nonno paterno e i rapporti tra madre e la suocera peggiorano. Carlo vuole fuggire da tutto questo: si ribella, non studia, molla la scuola superiore a un mese dall’esame; si avvicina alle prime ideologie politiche. In realtà non si stacca mai veramente dalla famiglia perché, come egli stesso riconosce, il suo tema continua ad essere quello di salvare la madre (“sono sempre stato l’avvocato delle cause perse – ho dovuto dimostrare a mia madre di essere un uomo – ho spesso pensato che avrei dovuto salvarla”).
Descrive il padre come una figura poco presente, passivo, sempre dipendente dalla madre, mentre quest’ultima è continuamente attaccata al figlio e non rispetta alcuna distanza. L’ingiunzione che proviene da parte materna è: “non ci si separa mai”.

Silvia, anche lei come Carlo figlia unica, descrive invece il clima familiare come estremamente rigido e controllante: “non potevo mai uscire; dopo la scuola dovevo tornare subito a casa”, rigidità che continua anche dopo la fine delle scuole superiori, quando i genitori non la vogliono nemmeno mandare all’Università.
Assisteva a litigi violenti e da bambina aveva molta paura. I genitori sono descritti come una coppia altamente conflittuale. Emerge un episodio di violenza da piccola: un giorno Silvia, per punizione, fu chiusa in uno stanzino al buio, e rievoca questo episodio, durante la seduta, con un forte vissuto di angoscia e di impotenza.
Carlo, assistendo alla sofferenza di Silvia, nel rievocare questo episodio, si commuove ed assume un atteggiamento molto protettivo: in seguito espliciterà come anche questo sia stato un momento centrale di cambiamento, che gli ha consentito di costruire, diversamente dalla consueta lettura in termini di pretesa e rivendicazione, i vissuti costrittivi e di rabbia che Silvia talvolta agisce anche durante i conflitti di coppia.
I nonni vengono ricordati da Silvia con una netta differenza: i nonni maschi, mai conosciuti, sono idealizzati e costruiti come due “angeli custodi”; le nonne invece, sono descritte in modo piuttosto ambivalente. La nonna materna trasmette sopratutto regole, rigidità e durezza; la nonna paterna una affettività confusa, e una grossa ambiguità nei sentimenti.
La madre è vissuta da sempre come molto invadente: legge i diari, controlla, giudica. Il padre, figura di secondo piano, asseconda però la madre nella funzione di controllo: quando Silvia lascerà Carlo, sarà lui a restare in contatto con Carlo per cercare a tutti i costi una conciliazione, mentre sua madre che continua ad avere le chiavi di casa, si conferma come presenza intrusiva e controllante.

5. Riapprodare al presente: dal problema della coppia alla responsabilità individuale.

Dalle reciproche storie individuali i temi di litigio e conflittualità appaiono chiaramente come esperienze individuali di vita, prima ancora che di coppia.
Questa è una acquisizione fondamentale, che sposta la costruzione stessa del conflitto di coppia, introducendo una maggiore consapevolezza del ruolo e della funzione che il conflitto ha assunto nelle reciproche storie di vita.
Il processo di costruzione di un tema individuale, attraverso la storia di vita, riguardo al conflitto e all’aggressività, ha portato Carlo e Silvia a distanziarsi dalle dinamiche di rivendicazione reciproca nella coppia; assistere al racconto, talvolta accorato e drammatico, di vicende in cui il proprio partner ha dovuto affrontare situazioni per lui problematiche, ha facilitato la consapevolezza che nella coppia spesso si rivolgono richieste di “cura” delle proprie ferite, che il partner non può essere in grado di soddisfare.
Ciò ha facilitato la comprensione reciproca e diminuito il tono delle pretese da tutte e due le parti, avviando la possibilità per ciascuno di un autosostegno emotivo, nei momenti di disagio. Nello stesso tempo è aumentato il rispetto e la comprensione per l’altro, e con questi una maggiore fiducia di poter a propria volta sentirsi compresi.
Anche il comportamento quotidiano è cambiato: Carlo è ora più attento ai bisogni affettivi di Silvia, e non si ritrae di fronte a compiti e responsabilità familiari; Silvia a sua volta più sicura e disponibile si è riavvicinata emotivamente a Carlo, che costruisce ora come meno minaccioso per la propria autonomia personale.
I due hanno ripreso ad avere rapporti sessuali che risultano adesso soddisfacenti: Silvia prende molto più spesso l’iniziativa e Carlo si sente più cercato e desiderato come uomo. Capita ancora che in alcuni momenti ci sia tensione e disagio, ma a differenza di prima, tutti e due i partner sono ora in grado di costruire il disagio di questi momenti come conseguenza di situazioni in cui si ripetono schemi e meccanismi già noti. Ciò consente alla coppia di metacomunicare su quanto sta accadendo e ritrovare un equilibrio senza bisogno di passare attraverso i consueti scontri e litigi.
La reciproca diversità, da occasione di minaccia, è diventata progressivamente occasione di comprensione e coinvolgimento.
Ritornare a considerare la quotidianità, dopo questo viaggio nella propria storia di coppia e di vita, è una esperienza nuova; le stesse situazioni vengono adesso costruite e vissute con risorse diverse.
La coppia in una delle ultime sedute, elabora insieme il desiderio di sposarsi, vedendo in questo un ulteriore cambiamento del reciproco modo di vivere la dimensione della coppia in quella più allargata della famiglia.
In questa fase i partner parlano molto di più dei figli, che erano rimasti a lungo fuori delle tematiche portate in seduta.
Anche questo aspetto della relazione testimonia di un cambiamento nella costruzione della coppia: per molto tempo infatti, Carlo e Silvia si sono visti più in termini di coppia che di famiglia: l’immagine di famiglia che ciascuno si portava dentro era per entrambi negativa e minacciosa.
Ciascuno dei due parlava del proprio rapporto con i figli come di qualcosa di personale e non condivisibile all’interno di uno spazio comune; adesso lo spazio-famiglia è presente come realtà e come nuova possibilità.
Questo pone a Carlo e a Silvia nuove problemi riguardo alle responsabilità reciproche e nuove opportunità di confronto rispetto alle diverse modalità di entrambi di interagire con i figli.
C’è ora molta meno paura che il partner possa limitare o forzare lo spazio comune, e soprattutto molta più fiducia nella possibilità di una interazione costruttiva anche nei confronti dei figli.
Progressivamente ci avviamo a terminare la terapia, lasciando due sedute di follow up a tre e sei mesi, nelle quali la coppia dimostra di aver ritrovato un buon equilibrio, nel rispetto degli spazi reciproci.
Dopo un anno circa dalla fine della terapia ricevo la notizia che Carlo e Silvia si sposeranno: ripensiamo in quell’occasione a tanti momenti del nostro percorso e provo commozione. Sono passati tre anni circa della loro storia di vita e anche della nostra .

6. Considerazioni conclusive sulla “coppia utile”

Alcune considerazioni conclusive sulla formazione della coppia, sul concetto di “collusione” e sul significato evolutivo della relazione di coppia.
Che cosa significa capire la collusione di coppia e i “motivi” della scelta del partner? Capire la collusione significa capire cosa ciascuno ha scelto di sé nell’altro, significa comprendere la complessa dinamica tra intrapsichico e interpersonale. In particolare: a) quale aspetto di sé valutato; b) quale aspetto negato; c) quale aspetto delle figure parentali.
Quindi la scelta del partner può essere:

  1. DIFENSIVA: rispetto alle proprie difficoltà, angosce, rapporti non risolti con la propria famiglia d’origine. In questo caso la collusione è rigida e la persona cerca complementarietà.

 

  1. EVOLUTIVA: capacità di stare in rapporto con la differenza, bisogno di crescita; il partner assume una “funzione terapeutica”.

Infatti nella collusione di coppia “patologica” difensivamente ambedue i membri della coppia traggono vantaggio a non far evolvere aspetti di sé, mentre nella collusione di coppia “evolutiva” si apprende a stare “dentro e fuori” la relazione con l’altro, modulando il bisogno di identità/individuazione con la ricerca di libertà/autonomia.

La coppia si forma attraverso una rottura (con la famiglia d’origine) ed inizialmente va verso la fusione, l’unità. La coppia, nel momento dell’innamoramento, nasce su un complesso impasto di aspettative. Le aspettative sono la vera causa della frustrazione ma senza aspettative non è possibile l’innamoramento.

Solitamente nella fase dell’innamoramento o dell’“illusione”, i partner si propongono reciprocamente come terra promessa. I modi in cui si costruisce questa illusione sono i veri nodi problematici della relazione. Si parla di una sorta di “primo contratto” in cui c’è la percezione di caratteristiche dell’altro considerate piacevoli e complementari rispetto al soddisfacimento dei propri bisogni. Vengono collocati in primo piano alcuni aspetti che si avvertono particolarmente gratificanti rispetto ai propri bisogni e c’è una esortazione all’altro esplicita o indiretta perché corrisponda sempre più a queste aspettative.

La coppia spesso chiede di chiudere i “buchi dell’infanzia” ma queste ferite non si chiudono, bisogna conviverci e lavorare per una accettazione profonda. Il conflitto si gioca nell’illusione di poter recuperare qualcosa che non ho avuto. Si gioca all’interno della coppia il desiderio di essere amati e la speranza di chiudere le mancanze dell’infanzia. Più alte sono le aspettative, più sono legate a bisogni vitali non espressi dell’infanzia, più forte sarà il senso del tradimento e più complessa la possibilità di passare al “secondo contratto”. Il secondo contratto o “amore a seconda vista” è il passaggio dalla delusione alla dis-illusione, cioè la consapevolezza della diversità dell’altro e l’uscita dalla pretesa attraverso la responsabilità e lo sviluppo di parti autonome.
La coppia è quindi il luogo di Intersezione tra individuo e sistema duale. Di conseguenza è luogo di intersezione tra il disagio individuale e il disagio relazionale.
La sofferenza nasce dal bisogno di ognuno dei partner di assimilare l’altro in un proprio schema interno rigido, di vedere l’altro come colui che soddisferà e risarcirà le ferite dell’infanzia. Ad una distorsione della percezione individuale della realtà corrisponde una forte perturbazione della relazione ed il delinearsi di circuiti disfunzionali.
Un unione ben funzionante è quella in cui le aspettative irrazionali e le motivazioni e fantasie proiettate sul partner sono limitate, con un’accettazione di sé e del partner sufficientemente buona nonostante incrinature e delusioni

La coppia dovrebbe essere un’occasione di apprendimento e non di ripetizione.
L’incontro tra individui è sempre accompagnato dal desiderio di sperimentare parti diverse di sé non convalidate o sperimentate e, insieme, dal bisogno di ritrovare una continuità con le esperienze precedenti.
La possibilità di continuare ad apprendere dall’esperienza nella relazione di coppia  dipende dall’esito del processo di alterazione reciproca tra mondo interno e realtà esterna che si rinnova in ogni fase del ciclo vitale della coppia e della famiglia come capacità di modificare, alla luce dell’esperienza, le proprie fantasie ed aspettative (elaborazione del lutto) come capacità di differenziazione tra sé e l’altro, di limitare il conflitto relazionale, di individuare gli interlocutori e di elaborare il dolore che accompagna ogni perdita.

 

Bibliografia.

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Cionini L. L’assessment, in: Bara B.(a cura di), Manuale di psicoterapia cognitiva, Bollati Boringhieri, 1996
Hellinger B., I due volti dell’amore, Crisalide, 1998
Malagoli Togliatti M., La psicoterapia con la coppia, Angeli, 2000
Polster E., Ogni vita merita un romanzo, Astrolabio, 1988
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Quattrini P.,Fenomenologia dell’esperienza, Zephyro, 2007

 

SCHEDA DEGLI AUTORI

Claudio Billi, psicologo e psicoterapeuta, Specialista in Psicologia Clinica, insegna ha insegnato Psicodiagnostica e Psicologia Clinica presso la Facoltà di Psicologia e di Scienze della Formazione dell’Università di Firenze. Dottore di Ricerca in Qualità della Formazione, dirige l’Istituto “Mille e una mèta” di Livorno, che da anni promuove ricerche, studi e attività di formazione nel campo delle professioni di aiuto. E’ socio didatta della SITTC (Società Italiana di Terapia Comportamentale e Cognitiva), della FEIG (Federazione Italiana Gestalt) e dell’AIPPC (Associazione Italiana di Psicologia e Psicoterapia Costruttivista); è Formatore dell’A.I.Co (Associazione Italiana di Counselling),  del  CNCP (Coordinamento Nazionale Counsellor Professionisti) e dell’AIMEF (Associazione Italiana Mediatori Familiari). Tra le sue pubblicazioni: Processi formativi nell’adolescenza, ETS, Pisa, 1994;  Psicologia generale e sociale, Giunti, Firenze, 1994 (con L.Trisciuzzi);  La formazione del sé. ETS, Pisa, 2004 (con L.Trisciuzzi).

Francesca Belforte, psicologo e psicoterapeuta, mediatore familiare; direttore didattico dell’Istituto Mille e una meta di Livorno e responsabile della sede di Livorno dell’I.G.F.(Istituto Gestalt Firenze). E’ socio formatore dell’AICo , del  CNCP e dell’AIMEf.

 

Apprendimento: il piacere di una conquista

di Alexander Lommatzsch e Caterina Terzi

Pubblicato sul numero 16 di Formazione IN Psicoterapia, Counselling e Fenomenologia

 

L’approccio della Gestalt, come anche l’approccio fenomenologico/esistenziale, mettono al centro dell’attenzione l’esperienza che l’essere umano fa con gli altri organismi viventi e con le cose. L’esperienza è soggettiva e non può essere impiantata o trapiantata negli altri. Ognuno di noi ha bisogno di fare le proprie esperienze. Il ruolo dell’insegnante è di accompagnare l’allievo nella sua esperienza di apprendimento, senza interferire con i propri giudizi o pre-giudizi.
L’approccio fenomenologico/esistenziale sottolinea che la conoscenza è soggettiva, basata sul sentire individuale, ossia sulla specificità di ogni sentire e sulla capacità di trasformare il sentire in esperienza, in apprendimento.

Ma, come può costruirsi un processo di formazione a partire dal sentire personale?

Il sentire non è verificabile come giusto o sbagliato, è personale. Nell’approccio fenomenologico/esistenziale, il processo di apprendimento si fonda sulla creazione di un contesto affettivo e di formazione in cui insegnante e allievo sono individui con pari dignità, e partecipano insieme ad un processo di co-costruzione dell’apprendimento, di responsabilizzazione del processo di conoscenza, e, di conseguenza, di trasformazione di sè. E’ prima di tutto la relazione tra insegnante e allievo e le differenze tra di loro che sostengono questo processo trasformativo e di apprendimento, in cui diventa centrale l’empatia, ossia la capacità di essere in contatto con il sentire dell’altro ed al tempo stesso con il proprio sentire, ma senza confonderli.

Questo è il presupposto perché l’allievo possa acquisire, in un apprendimento profondo e duraturo, le competenze della professione dello psicoterapeuta, e contemporaneamente sviluppare il suo proprio stile personale.

La Gestalt, come l’esistenzialismo e la fenomenologia, inoltre, guarda all’essere della persona nel tempo, e sottolinea la singolarità e l’originalità dell’esperienza individuale e la responsabilità personale dell’individuo che costruisce il proprio progetto esistenziale e il proprio sapere.
Lo stile di vita diventa anche stile professionale ed è qui che il terapeuta-didatta diventa un pedagogo fenomenologico esistenziale, per il quale la ricerca attiva e responsabile del proprio benessere è strettamente legata al piacere di esserci – anche nella professione.

Apprendere dovrebbe sempre avere come obiettivo comprendere meglio se stesso e gli altri nel proprio contesto di vita per creare modi di convivenza sempre più umani.
Questo presuppone che gli alunni sappiano per che cosa imparano e gli insegnanti per che cosa insegnano e che le lezioni vengano vissute e comprese per quello che sono: una situazione interpersonale e non un centro elaborazione dati.
Viene sollecitata la riflessione sul proprio “volere” e sul proprio “fare”, non nel senso di una riflessione astratta ma di un insieme vissuto costituito di emozioni, valori e posizioni soggettive.

Il didatta sviluppa le sue potenzialità per essere autentico nel momento in cui invita l’allievo a sviluppare le proprie e non si nasconde dietro una maschera professionale o un atteggiamento di “neutrale” oggettività, anzi è coinvolto e partecipe in prima persona, con i propri desideri, le proprie esperienze e le proprie emozioni.
Nel suo lavoro sostiene ed incoraggia l’allievo a diventare responsabile per le sue scelte e le sue decisioni, in modo che il suo spazio d’azione aumenti invece di restringersi.
L’individuo, così, con il sostegno e l’incoraggiamento del didatta, sviluppa le proprie capacità e impara a realizzare se stesso ed i suoi obiettivi, diventando consapevole sia dei fenomeni di rigetto che di quelli di adattamento; impara in definitiva a riconoscere la differenza tra la manipolazione, da un lato, e le azioni responsabili, dall’altro.
Il didatta non si occupa più di come motivare gli alunni, ma stimola e cerca le loro motivazioni e coinvolgimenti e da questi parte, riparte dal piacere d’imparare che è innato in ogni essere umano.

Il costruttivismo può chiarire meglio quello che intendo: da punto di vista costruttivista, infatti, l’uomo è – compulsivamente/coattivamente – libero, e l’apprendimento è un processo costruttivo attivo dell’individuo che ha luogo in un sistema autopoietico e autoreferenziale, ossia nel suo cervello. Nel corso dell’apprendimento il cervello elabora le proprie soggettive realtà in un processo auto-organizzato .

Se la conoscenza, sempre da un punto di vista costruttivista, è legata al contesto e all’attività dell’individuo, non esiste un modo unico e universalmente giusto per fare conoscenza, dunque non esistono procedure di insegnamento fisse, meccaniche e standardizzate. L’approccio costruttivista offre piuttosto all’insegnante una struttura teorica da cui ricavare alcune importanti indicazioni sul significato dell’apprendere, sul cosa insegnare e come farlo e su cosa è opportuno evitare.

Bisogna, però, ridisegnare la figura professionale e il ruolo dell’insegnante, che smette di essere il centro dell’attenzione, per diventare un facilitatore e un garante che offre ad ogni allievo gli strumenti per permettergli di realizzare la propria realtà di apprendimento. Così “l’istruzione non è causa dell’apprendimento, essa crea un contesto in cui l’apprendimento prende posto come fa in altri contesti” (Wenger, 1998, p. 266), quali la famiglia o il gruppo dei pari.
Non è l’insegnante a determinare meccanicamente l’apprendimento, ma questo è un processo continuo e pervasivo, in cui l’insegnamento si pone come una delle tante risorse possibili.
Ciò significa dare priorità all’apprendimento rispetto all’insegnamento; guardare all’insegnamento come offerta e riconoscere che l’apprendimento è una costruzione individuale dell’allievo. Tale costruzione diventa prioritaria rispetto all’istruzione.

In altre parole, presupposto perché il docente possa svolgere efficacemente e consapevolmente la sua funzione, è il riconoscimento da parte sua dell’illusorietà di un rapporto diretto e causale tra insegnamento e apprendimento, che diventa una risposta, possibile ma non predeterminabile e pianificabile, alle finalità pedagogiche del setting che l’insegnante stesso ha predisposto.
Infatti, ciò che l’insegnante dice e propone, viene sempre e comunque interpretato dallo studente e le interpretazioni quasi mai coincidono con quello che si voleva trasmettere, in quanto il significato viene ricostruito a partire dalle conoscenze pregresse e dagli scopi personali: “l’insegnante e i materiali d’istruzione diventano risorse per l’apprendimento in molti modi complessi, attraverso le loro intenzioni pedagogiche” (Varisco, 2002, p. 176).

In quest’ottica la lezione tradizionale deve lasciare spazio alla possibilità, per chi apprende, di fare esperienza diretta, manipolando gli oggetti di studio e costruendone di nuovi, e utilizzando, decostruendo liberamente materiali e testi diversi. Ma qualsiasi cosa si percepisce è, come abbiamo visto, influenzata e resa possibile dall’intenzionalità del soggetto, ossia dipende da una sua costruzione interna, dunque diventa occasione e non causa di apprendimento.
E’ infatti frequente che, durante un esperimento od un’attività di osservazione, gli studenti non sappiano letteralmente cosa guardare; ciò che per il docente è della massima evidenza, resta per gli alunni confuso in uno sfondo di stimoli che potrebbero avere tutti la stessa importanza.

Tuttavia, gli studenti non sono mai privi di idee o di spiegazioni sui diversi argomenti che affrontano a scuola. Al contrario, essi sviluppano precocemente personali “teorie ingenue” sulla realtà, utilizzate come cornici interpretative, come modelli di spiegazione validi fino a che non saranno smentiti; sono questi modelli mentali fortemente strutturati e che si modificano a fatica. L’apprendimento, allora, diventa un processo di graduale modificazione e ristrutturazione di tali schemi rappresentativi, e delle strutture cognitive che si rivelano inadeguate alle nuove situazioni. Il docente fornisce assistenza e facilita la rielaborazione dell’esperienza individuale che resta, comunque, compito dell’alunno.
Le teorie ingenue hanno infatti quasi sempre qualcosa di valido e funzionano nel quotidiano; per economicità cognitiva sono difficili da sostituire con quelle fornite da esperti e di cui non è altrettanto evidente la viabilità; è quindi necessario porre gli alunni in condizione di scoprire dove la teoria ingenua non funziona e dove è necessario modificarla e integrarla alle conoscenze pregresse.

Riferimenti bibliografici:

  • Ernst von Glasersfeld, Il costruttivismo radicale. Una via per conoscere ed apprendere;
 Società Stampa Sportiva 1999
  • Etienne Wenger, Communities of practice
  • Learning, meaning, and identity
  • Cambridge University Press
1998
  • Bianca M. Varisco, Costruttivismo socio-culturale. Genesi filosofiche, sviluppi psico-pedagogici, applicazioni didattiche Carocci ,2002

“Ti vedo, ti sento, ti accompagno”, in cerca di risposte nell’esserci empatico

di Sergio Mazzei

Direttore dell’Istituto Gestalt e Body Work

Pubblicato sul numero 16 di Formazione IN Psicoterapia, Counselling e Fenomenologia

“Avete coraggio, fratelli miei? … Non il coraggio al cospetto dei testimoni, ma il coraggio dell’anacoreta e dell’aquila, che nemmeno un Dio vede più? … Ha cuore chi conosce la paura, ma lavince; chi vede l’abisso, ma con orgoglio. Chi vede l’abisso, ma con occhi d’aquila, – chi con artigli d’aquila afferra l’abisso: quegli ha coraggio”

 

 

Negli ultimi cinquanta anni abbiamo visto un fiorire sulla scena della psicoterapia d’innumerevoli metodi per aiutare le persone con sofferenze psicologiche. Affiancandosi alla tradizionale psicoanalisi freudiana e al comportamentismo di Pavlov e Skinner sono apparse, negli anni ’60 e ’70, la terapia della famiglia di Whitaker, lo psicodramma di Moreno, l’analisi transazionale di Berne, la Gestalt Therapy di Perls, e molte altre geniali risposte al disagio psicologico dell’umanità. Tutti questi approcci, insieme a molti altri, oltre che mobilitare le risorse degli individui alla risoluzione dei problemi legati alla sfera intrapsichica e a quella interpersonale, hanno anche concretamente messo in primo piano l’influenza dell’ambiente nella formazione e quindi come causa di tanti disturbi psichici e della relazione. Ponendosi inoltre come metodo di cura alternativo, superando la storica posizione a orientamento biologico che faceva derivare le problematiche psicologiche da cause prevalentemente organiche curabili con l’esclusiva assunzione di rimedi o psicofarmaci, hanno tutte posto l’accento sull’importanza della relazione e del contatto umano come vero e proprio principio terapeutico fondamentale.
Suzuki, nel suo importante lavoro “Psicoanalisi e Buddhismo Zen , che ha fatto tra i primi da ponte tra la cultura occidentale e quella dell’Oriente, disse che uno degli assunti della filosofia Zen, come peraltro della psicoterapia gestaltica, è che se vuoi conoscere qualcosa o qualcuno, devi diventare quello. Se vuoi conoscere una rosa, egli diceva, devi essere quella rosa e se vuoi conoscere una persona, devi divenire quella persona. L’identificazione dunque una la via per entrare in contatto dall’interno con qualcun altro, per conoscere il suo essere ciò che è, il suo sentire e il suo pensare. Entrare in contatto e identificarsi non vuol dire conversare o discutere con qualcuno ma piuttosto fare del proprio meglio per sperimentare la realtà dell’altra persona dal suo interno. Significa cercare di sentire e ragionare come lui anche se naturalmente ciò non implica il condividerne i punti di vista o le conclusioni sulle cose o sulla vita. Identificarsi non è perdere se stessi e la propria soggettività.
VERO O FALSO?
A mio avviso nella pratica psicoterapeutica o in generale nelle professioni di relazione d’aiuto, non è così importante “chi ha ragione e chi ha torto”, in ciò che il paziente (o cliente) racconta di sé e del suo mondo. Non è così fondamentale che egli abbia una corretta percezione degli eventi che lo riguardano. Anche se avesse “torto”, o in altre parole che nulla di ciò che afferma corrispondesse al vero, non sarebbe poi così importante investigare per stabilire la verità sui fatti ai quali attribuisce la causa delle sue difficoltà. Non si tratta di un “processo” in cui devono essere imputate assoluzioni e colpe. Ciò che credo invece vada fatto è piuttosto aiutare il paziente a mettere a fuoco la sua visione delle cose, aiutarlo a capire chi egli è e cosa gli va, a conoscere la propria verità soggettiva, il suo modo di essere quel che è, rendersi conto della percezione di sé e delle persone con cui è in rapporto. Si deve aiutarlo a divenire più consapevole del suo “mondo vissuto (Lebenswelt).
Il punto di vista della new epistemology, come ho voluto evidenziare in un mio precedente scritto, è, di fatto, che “la conoscenza è una funzione dell’osservatore e del contesto e dipende più dall’idea che si ha del mondo piuttosto che dal mondo stesso . Tenendo quindi presente questa incertezza che ci impone una certa umiltà per non giudicare troppo frettolosamente, credo che anche la psicoterapia non debba occuparsi di “verità accertate” (se anche esistono) ma semmai dei “punti di vista” soggettivi e di come aiutare qualcuno a trovare serenità ed equilibrio nonostante la propria relatività percettiva ed eventuale limitazione di vedute. D’altra parte, come si dice, se ti trovi in una casa avvolto dalle fiamme, reali o immaginarie che siano, in quel momento non ti devi fare molte domande sulle cause dell’incendio o se stai solo sognando, ma devi solo chiederti come uscirne.
COME?
Voglio esprimere ora il mio punto di vista su “come” lavorare con la percezione reale o distorta del paziente, su come esplorare e conoscere la sua visione delle cose e promuovere l’organizzazione della sua “respons-ability”. In che modo possiamo raggiungere veramente un altro essere umano, collaborare con lui e aiutarlo a diminuire il peso dei suoi affanni?
Per quanto sia convinto dell’importanza che possono avere nella personalità del terapeuta fattori quali la creatività, l’umorismo, la fantasia, l’apertura, la generosità, l’intelligenza e molti altri ancora, oltre naturalmente all’esperienza, cultura e competenza professionale, io personalmentepongo l’accento prima di tutto sull’importanza della sensibilità empatica, dell’accoglienza e della capacità di sostenere l’impatto emotivo del paziente mantenendo e trasmettendo un’adeguata capacità di distacco, che non è indifferenza, ma un punto di equilibrio intorno al quale “si può parlare di qualsiasi cosa”, come aspetti fondamentali che concorrono al buon fine di un processo terapeutico.
In principio nella relazione terapeutica è molto importante vedere l’individuo nel suo insieme, nella sua “forma”, sentirne la presenza ovvero percepirne la gestalt, e concentrarsi su questi suoi aspetti della personalità piuttosto che sull’esame del contenuto delle sue parole o del suo racconto. Dice Petruska Clarkson : “Lo scopo dell’approccio della Gestalt è di far scoprire, esplorare e sperimentare alla persona la sua propria forma, il suo modello e la sua interezza”. Per realizzare quest’obiettivo è prioritario “rimanere con lui”, “essere con lui nel suo essere con te”.
L’accoglienza non è certo qualcosa che si “fa” ma piuttosto che si “ha”. O sei accogliente o non lo sei. Ottengo spesso risultati molto più soddisfacenti quando esprimo la mia comprensione e solidarietà sulle paure e angosce dei miei pazienti piuttosto che quando gli interpreto o spiego le ragioni o cause della loro esistenza. Il primo tra i più importanti e fondamentali momenti del lavoro, la posa della prima pietra che influenzerà il processo di lì a venireè pertanto la realizzazione di un buon contatto con il paziente e dunque la costituzione di una tacita alleanza terapeutica.
S’incomincia a vedere e sentire il proprio paziente e a fargli compagnia, gli si sta vicino nella sua discesa entro se stesso, nell’esplorazione del suo mondo. “Vedere” è percepire con il proprioocchio empatico, un occhio che coglie il dolore nelle sfumature della postura corporea, dell’espressione del viso, degli atteggiamenti e movimenti in rapporto alle vicende che narra. E’ un vedere partecipativo in cui non si è neutrali e distaccati, ma si sente e si soffre insieme al paziente. Altrettanto “sentire” è un sentire con il proprio orecchio empatico, che coglie le sfumature ed esitazioni della voce, le emozioni che le accompagnano o che sono assenti. Si cerca di stare attenti e presenti e in tal modo si possono captare attraverso il tono e le inflessioni della voce, le situazioni e la natura delle circostanze che gravitano intorno al paziente. Si può, infatti, “vedere” anche attraverso il “sentire” come del resto si può “sentire” attraverso il “vedere”.
Con quest’atteggiamento presente e di alleanza partecipativa si va con il paziente, si accompagna ovunque egli proponga o ove ci sia un’indicazione, una “freccia”, per usare l’espressione di Erving Polster , che indichi una direzione che abbia un senso. Si è attivi nell’osservazione di tutto ciò che si manifesta. Tutto ciò naturalmente comporta e presuppone lo sviluppo di una buona e stabile fiducia da parte del paziente nei nostri confronti.
Tale stabilità non è realizzabile attraverso un semplice processo cognitivo di comprensione delle cause del suo disturbo ma solo ed esclusivamente attraverso una relazione significativa ed empatica con un’altra persona, simile a quella agognata nelle prime relazioni d’oggetto. Nell’approccio empatico si trasmette accettazione e comprensione profonda per le difficoltà del paziente. 
IL DASEIN
Vorrei ora porre l’accento su alcuni aspetti dell’approccio empatico nelle relazioni d’aiuto a orientamento fenomenologico – esistenziale che considero particolarmente importanti:
In primo luogo, come ho già detto l’importanza dell’“esserci” nella relazione. Esserci come “essere umano” che sente e sperimenta, e parte del campo e in contatto con la situazione, con attenzione e presenza, e non certo come “il morto a bridge” per usare l’espressione di Lacan riguardo alla posizione che l’analista dovrebbe assumere. Un esserci in senso ontologico, dal grecoon, “che è“, e che esprime la fondamentale autoaffermazione di un essere nella sua semplice esistenza. E’ l’esserci nel senso del Dasein di Heidegger o in altre parole “che si realizza nell’esserci, nell’essere con l’altro, nello stare nel mondo”.
Sappiamo che l’essere umano è per sua natura “unico” e non paragonabile a nessun altro o ad alcun’altra cosa e pertanto non possiamo generalizzarne la sua intima esperienza né tantomeno il suo orientamento. Dobbiamo quindi trovare il modo di raggiungerlo direttamente e con autenticità senza peraltro trascurare di renderci conto anche delle nostre “differenze” e quindi dell’importanza di rimanere fedeli alla nostra soggettività evitando le pericolose trappole dell’eccessivo “confluire”.
Heidegger, come prima di lui Husserl, sosteneva che possiamo comprendere un uomo solo attraverso il suo svelamento, nel suo manifestarsi e darsi (sich geben). Per conoscere qualcuno dobbiamo quindi chiedergli di parlarci, ma svelarsi, manifestarsi e darsi sono in realtà tra gli scopi impliciti del processo psicoterapeutico ed è ovvio che la difficoltà a “essere ciò che si é” e di conseguenza l’attitudine al “non darsi”, la troviamo sovente nel mondo delle interazioni umane. Tutto ciò accade in modo particolare quando non vi è il coraggio di prendere contatto prima ed esprimere poi aspetti di sé che si rifiutano o di cui si ha vergogna. Quando non si ha una buona relazione empatica con qualcuno, si tende a trattenersi e a non svelarsi. C’è la paura del giudizio e del conseguente rifiuto, così com’è stato in passato si teme di subire nel presente la stessa umiliazione ed essere nuovamente feriti. Ci si auto-interrompe. Il problema è dunque la paura.

CORAGGIO E ANGOSCIA
Questo cronico processo di auto-interruzione che tanto caratterizza i disturbi nevrotici si manifesta quando viene a mancare ciò che è stato definito il “coraggio di esistere”, in altre parole la capacità di affermare se stesso a discapito di quegli aspetti della propria esistenza che sono in conflitto con il proprio principio di autoaffermazione.
Diceva Tillich : “Il coraggio è autoaffermazione ‘nonostante’, cioè nonostante ciò che tende a impedire all’Io di affermarsi” .
Nella sua raccolta di frammenti che va sotto il nome di “Volontà di potenza”, Nietzsche sosteneva che avere coraggio significa avere la capacità di affermarsi nella vita nonostante questa possa manifestarsi in modo ambiguo e rifiutare la vita a causa della sua negatività è un’espressione di vigliaccheria. Per lui, come per gli stoici, la gioia accompagna l’autoaffermazione del nostro essere essenziale nonostante le inibizioni derivanti dagli elementi accidentali che sono in noi. Nell’atto ontologico dell’autoaffermazione del nostro essere essenziale il coraggio e la gioia coincidono.
Esiste d’altra parte una moltitudine di circostanze più sfumate in cui la presenza della paura e dell’angoscia è ben più sovrastante di quella della gioia.
L’angoscia è un’esperienza umana primordiale profondamente connessa con le incertezze della vita. Si esprime con mille volti. Tra le tante sue forme sono state descritte l’angoscia del “non essere” che minaccia “l’essere” e che si manifesta nell’angoscia della perdita della capacità di affermare se stesso e della morte, l’angoscia del vuoto e della mancanza di significato e l’angoscia della colpa e della condanna. Altrove l’angoscia è stata descritta, come“grande nausea” in Così parlòZarathustra di Nietzsche o “notte dell’anima” o “assalto dei demoni” come molti mistici l’hanno definita. Peraltro possiamo trovare anche tante altre manifestazioni dell’angoscia nella vita ordinaria di tutti i giorni sotto forma delle mille paure che ben conosciamo. Nella ricerca psicoanalitica contemporanea Kohut descrive una condizione che egli chiama “terrore presimbolico”, ove la minaccia per l’individuo è l’angoscia della possibilità di ritorno a un’antica esperienza di disintegrazione (che Lacan chiama “discordia primordiale”). Egli ha ipotizzato l’esistenza negli esseri umani di un’esperienza precoce di “frammentazione” che incute un grande timore ed è simile a quella descritta da Stern (che peraltro non considera questa esperienza inevitabile ma solo come conseguenza di un cattivo rapporto con la funzione materna). L’esperienza di quest’antico terrore di frammentazione come reazione a ciò che non si comprende è ancora più primitiva della rabbia e della vergogna. Il “terrore presimbolico” si sperimenta come perdita del senso della realtà. Si perde la percezione di sé e dell’altro. Non si ha più un centro. E’ come se tutto svanisse o si alterasse. Non vi sono più punti di riferimento. Manca il terreno sotto i piedi. Non si sa più chi si è o chi sono gli altri. Ci si sente senza alcuna protezione. Non si sa come o dove stare. Ci si sente dentro un’infinita scomodità. Si cade in un abisso di paura. Ci si smarrisce.
Ho voluto porre l’accento su queste esperienze poiché sono convinto che il campo terapeutico sia sovente colmo di elementi carichi di angoscia che si manifestano gradualmente nella misura in cui il terapeuta è sensibile e responsivo a ciò che il paziente gli trasmette. Per avere quella confidenza e fiducia necessaria per esplorare e lavorare con contenuti emozionali così potenzialmente dolorosi bisogna essere in grado di trasmettere in maniera inconfutabile la propria alleanza terapeutica con la totale accettazione di qualunque cosa possa manifestarsi mettendosi nella posizione dell’epoche, del non giudizio. Ci vuole calda accoglienza, ammirazione e tranquillizzazione.

 

LE FUNZIONI ALFA E BETA DI BION
Secondo la teoria della funzione alfa di Bion gli individui interiorizzano le esperienze sensoriali solo attraverso un processo che le rende rilevanti ed evidenti. In altre parole affinché queste siano importanti per noi, dobbiamo prima dar loro un senso. La funzione alfa nel bambino è sviluppata e stabilizzata dalla funzione alfa della madre solo quando questa è in grado di rispondere adeguatamente e soddisfacentemente ai suoi bisogni e alle sue richieste. Il riconoscimento e il rispecchiamento sono tra le necessità primarie. Solo in questo caso il bambino sente e si tranquillizza. In questo modo può interiorizzare stabilmente la funzione alfa della madre.
Per Bion nell’interazione della madre con il bambino, insieme agli elementi alfa si manifestano anche quelli beta. A differenza di quelli alfa, gli elementi beta sono prodotti sconosciuti della mente, privi di simbolizzazione e sono vissuti come molto minacciosi, destabilizzanti e sgretolanti. Quando la funzione alfa della madre non è sufficientemente rispecchiante e nutriente, il neonato è bombardato da elementi beta e precipita nell’angoscia.
Le esperienze angosciose derivanti dalla proliferazione di questi elementi beta sono collegate aiterrori senza nome e alle agonie impensabili di cui ha parlato Winnicott e al terrore presimbolico di cui ho detto sopra. Questi vissuti generalmente non si manifestano alla piena consapevolezza ma rimangono sempre sullo sfondo come costante inquietudine umana, come un persecutore interno perennemente in agguato. Possiamo individuarlo principalmente negli stati postraumatici da stress o nelle psicosi ma sotto certi aspetti lo dobbiamo considerare universale. È’ un elemento persecutorio interno caratteristico della condizione umana.
Secondo Winnicott il bambino è in grado di fronteggiare e superare l’impatto di questa esperienza solo attraverso la risposta empatica della madre. Senza la possibilità di accogliere in sé questa empatia tranquillizzante della madre, il bambino sarà sommerso dagli elementi beta e per quanto potrà comunque crescere bene fisicamente, sarà comunque segnato interiormente da un’esperienza devastante.
Per Melanie Klein lo spaventoso impatto di figure persecutorie nella fantasia del bambino come quelle dell’essere distrutto, mangiato, fatto a pezzi, disintegrato, ecc., così vicine all’esperienza del terrore presimbolico, esprime e manifesta l’istinto di morte, quella terrificante esperienza ove il bambino cerca continuamente di espellere dal suo interno il bombardamento di questi elementi disgreganti ma che non sarebbe in grado di reggere senza l’Io ausiliario della madre. Il neonato senza l’appoggio empatico della relazione con la madre rimarrebbe sempre sull’orlo del caos, dell’invasione incontrollata degli elementi beta.

Mi sembra pertanto ovvio che anche il terapeuta, come la madre dotata di funzione alfa, dovrà essere particolarmente attento e presente in tali circostanze per aiutare il paziente a sopportare e accettare l’esperienza emotiva che attraversa, a stare con la sua paura di sgretolamento per cercare di chiarirla e definirla meglio. Dovrà aiutare il suo paziente a sviluppare anche la capacità di raccontarla a chi vorrà e di sostenerla nella sua mente senza la paura di precipitare in un pozzo senza fondo.
Dice Mollon: “L’antidoto a frammentazione, vergogna, rabbia, terrore e alienazione, ciò che fa nascere individualità e autonomia, è l’esperienza dell’empatia data da un altro. Questa è l’eredità terapeutica data da Kohut 

E’ molto probabile che, condizionati, come spesso siamo, dalla moltitudine di persone che vivono nel cosiddetto “stato ordinario di coscienza”, alle volte viene davvero difficile, e magari altrettanto comodo, prestare attenzione ai nostri più sottili meccanismi di autoinganno, di eccessiva compiacenza verso i nostri limiti, di cronico evitamento verso ciò che ci procura difficoltà. Sovente si è arroccati in una posizione depressivo-egotistica che ci interrompe dall’esplorazione del nostro mondo interno e da quelli che Perls chiamava i nostri “giochi di adattamento” (fitting games). Si dà per scontato che non si può cambiare o che non ne vale la pena e ci si accontenta del piccolo territorio che si è conquistato. Rispondeva Ken Wilber a chi gli chiedeva cosa fosse l’Io: “Là dove metti il confine”.

       INTERIORIZZAZIONE TRASMUTANTE

La psicoterapia della Gestalt ha rivoluzionato l’approccio terapeutico soprattutto per la sua impostazione relazionale, per la novità dell’atteggiamento rispetto ad altri approcci che il terapeuta assume nei confronti del suo paziente. Certo è anche “figlia” della psicoanalisi, come peraltro molti altri orientamenti psicologici, ma a differenza di quest’ultima, da cui mi sembra arricchente trarne insegnamento dal punto di vista della ricerca e dell’osservazione clinica, superando l’antico dualismo terapeuta-paziente, per cui il primo è il “sano” che osserva in modo distaccato e non partecipativo e il secondo è il “malato” che deve essere osservato, l’enfasi nel rapporto è andata a collocarsi sulla consapevolezza della verità e sulla comunicazione dell’esperienza “così com’è”, sulla natura del confine del contatto e cioè su ciò che accade davvero tra “me e te”.
Per me, il campo della psicoterapia, nei limiti del possibile, deve offrire a entrambi i suoi protagonisti, il terapeuta e il suo paziente, uno spazio totale per l’espressione della propria verità vissuta ed è ovvio che la sua direzione implicita dovrà essere orientata alla creazione e allo sviluppo di una co-costruzione dialogica, per dirla nell’accezione costruttivista. D’altra parte, identificandosi nel paziente pur rimanendone ovviamente differenziati, poiché paura e vergogna sono esperienze veramente delicate, credo che in tali circostanze di estrema fragilità e vulnerabilità, un “sorriso” sostenente del terapeuta, quando vissuto autentico ed empatico dal paziente nei confronti delle sue difficoltà, quando viene sentito come rispecchiamento del suo valore, meritato dal suo affrontare i propri mostri e draghi interni, sia molto auspicabile per rendere più coeso un sé tendente alla frammentazione e allo smarrimento. In tal modo il paziente potrebbe finalmente sperimentare un’energia che gli proviene dal sentirsi compreso e sostenuto che forse non ha mai davvero vissuto prima.
A mio avviso, solo interiorizzando l’apprezzamento e il riconoscimento di un autorevoleoggetto-sé esterno, come può essere vissuto il terapeuta, si ha davvero la possibilità di accettare nuove esperienze e dimensioni di consapevolezza e realizzare un cambiamento stabile nella propria vita colmando un antico “buco psichico” che Kohut chiamava “struttura psichica mancante”. Lo sviluppo della capacità di prendere contatto, accettare e lavorare con queste antiche emozioni è, infatti, una conseguenza dell’interiorizzazione della funzione calmante dell’oggetto-sé buono interiorizzato (madre/terapeuta). E, come dice il detto, se“lassù qualcuno mi ama”, allora la mia vita ha un senso.
Per Kohut la semplice consapevolezza e la sua successiva elaborazione e interpretazione cognitiva di cause ed effetti delle proprie esperienze interne non sono sufficienti per realizzare una vera e propria “guarigione” del sé del paziente. In modo particolare egli sosteneva tale convinzione riferendosi ai disturbi narcisistici e alle problematiche di perversione. Perché ciò possa avvenire, è piuttosto necessario che il paziente viva nel suo interno quella che ha chiamato “interiorizzazione trasmutante”, incorporando l’oggetto-sé empatico del terapeuta. Per lui tali disturbi come altri avevano la funzione di colmare un deficit strutturale. Il deficit è un buco psichico, una parte mancante che può essere fornita da un’altra persona. è come se in definitiva quest’oggetto-sé si dovesse installare in modo inconfutabile nel sé del paziente per modificare stabilmente la sua condizione di “deficit strutturale primario” e come conseguenza di tale interiorizzazione, il proprio valore di essere umano e la propria potenzialità di relazione nei rapporti interpersonali potrebbero essere finalmente vissuti non più esclusivamente conflittuali o problematici.
In conclusione vorrei comunque dire che l’atteggiamento empatico non va visto come una sorta di tecnica, un “qualcosa che si fa per …”, un metodo “a orientamento umanistico” che si applica quando si ha a che fare con un “poveraccio” che si trova in difficoltà. è piuttosto un’esperienza che si deve sentire veramente, perché si prova davvero e non credo che possa essere confuso con una sorta di posizione genitoriale che vuole nutrire un bambino deprivato (il che mi sembrerebbe quasi offensivo nei confronti del paziente), come una sorta di compensazione per ciò che gli è mancato. Penso piuttosto che l’atteggiamento empatico del terapeuta debba esprimere semplicemente e autenticamente il suo, “essere una persona” profondamente umana, dotata di tenerezza e compassione, capace di emozionarsi, intristirsi o dispiacersi (come peraltro di arrabbiarsi) se e quando un altro essere umano che gli chiede aiuto si trova ad annaspare nelle fangose paludi del suo mondo di dolore, paura e smarrimento.
Naturalmente è comunque sempre necessario vigilare sul rischio dell’essere eccessivamente protettivo e stare attenti a non commettere l’errore di passare da un esagerato e inumano distacco alla troppa compassione che non permetterebbe lo sviluppo delle potenzialità del paziente. Inoltre, benché l’identificazione con il paziente rappresenti una via diretta per la comprensione del suo modo d’essere e della sua visione delle cose, ciò non significa che, al di là della solidarietà e comprensione per le sue difficoltà, non bisogni tener presente la propria soggettività e fare del proprio meglio per modificarne le fissità e rigidità percettive ed interpretative.

Nietzsche F., Così parlò Zarathustra, Adelphi, Milano.

E. Fromm, D. Suzuki, De Martino, Psicoanalisi e Buddhismo Zen, Astrolabio-Ubaldini,Roma

Mazzei S., “La co-costruzione del contenitore dialogico”. Sito Web: www.igbw.it/Rivista

Clarkson P.  “Gestalt-Counselling”, Sovera, Roma

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Mazzei S., Relazione d’oggetto, contatto e crescita, Rivista “IN Formazione Psicoterapia-Counselling-Fenomenologia” N. 2, Settembre-Ottobre 2003, I.G.F. s.r.l. Editore, Roma

Tillich P. “Il coraggio di esistere”, Astrolabio-Ubaldini, Roma

Bion W.R., “Apprendere dall’esperienza”, Armando, Roma

Winnicott D.W.“La paura del crollo”, in “Esplorazioni psicoanalitiche”, Cortina, Milano

Mollon P. “Liberare il sé”. Edizioni Borla, Roma

Wilber K., “Oltre i confini”, ed. Cittadella, Assisi

Kohut H., “Potere coraggio e narcisismo”, Astrolabio –Ubaldini, Roma